Andrea, estudiante, maquilladora, camarera y peluquera de 24 años de edad, aterrizaba el pasado lunes en el restaurante del amor pisando fuerte. Expresaba que «jamás se enamoraría de un feo» y necesitaba «un chico que estuviera a su altura». Buscaba «chicos guapos» porque «los feos son para las feas«, y exigía que su chico entrenara todo el cuerpo en el gimnasio.

Rubén, un entrenador de 26 años de edad, era su cita. Se veía bie físicamente, pero reconocía «tener ambiciones, querer superarse y poco a poco ir a más». Andrea no escondió su decepción al verlo: «me considero una persona super presumida muy preparada, es como si no se hubiera preparado para la cita. Si yo soy el amor de su vida, ¿vas a venir así? No me ha molado. Me parece físicamente muy normal, del montón. Yo me considero una chica superior, más guapa«. Él, en cambio, estaba encantada: «Un pibonazo, muy guapa».

Andrea, muy escéptica

Ya en la mesa, Andrea le contó que había adelgazado 26 kilos en seis meses, pero ella veía que la faceta de entrenador de Rubén no se reflejaba en su cuerpo y, por tanto, creía que «no era su profesión«. «Por norma general, los entrenadores están super musculados, se cuidan mucho y son personas que físicamente valoran mucho su físico. Para ser entrenador, el cuerpo no está», decía la joven.

A Rubén le gustaba de Andrea que «tuviera aspiraciones y fuera ambiciosa»: «hoy en día hay pocas mujeres así», expresaba.  Claramente, no remaban en la misma dirección.

«Menudo cuadro»

En un momento determinado, Andrea le preguntó si era tóxico, algo que él negó rotundamente. «Yo dejo a mi pareja que haga lo que quiera. Si ella quiere estar conmigo realmente, puede estar. Si quiere hacer algo con otro, lo voy a acabar averiguando». Ella estaba de acuerdo, pero seguía insistiendo en que físicamente le parecía «un cuadro«.

De hecho, en mitad de la cita Andrea fue al baño y llamó a una amiga. «Menudo cuadro. No es un next pero no pega nada conmigo, no es mi prototipo. Me da penita porque es muy majo, muy mono… Le falla el físico, no puedo. Para ir a cenar y ya», le contaba. «Líbrame del mal, amén».

Ahora ya les tocaba decidir si querían volver a tener una segunda cita, y el intercambio de comentarios llenó el ambiente de tensión.

¿Os imaginábais este desenlace?

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Fuente: cuatro