Anna y Robert visitaron el restaurante del amor en busca de su media naranja (ella, concretamente, un chico alto, rubio y de ojos azules). La joven estudiaba un curso de monitora de tiempo libre, mientras que él, que acababa de sacarse la ESO, dudaba entre estudiar para ser capitán de yate o empezar el grado de Psicología en la universidad.

Mucho feeling

En un momento determinado, Anna le preguntó si le gustaba la fiesta y, al escuchar su respuesta, quiso saber qué le parecía que su acompañante hiciera girar las cabezas. Él, confundido, le preguntó a qué se refería, a lo que la joven catalana contestó: «a mí me encanta que me miren cuando salgo de fiesta. Yo lo disfruto mucho».

Él pensaba igual: «A mí me gusta salir con alguien y que la miren, pero siempre que los dos tengamos respeto«, algo con lo que Anna estaba de acuerdo. «Busco un hombre que no me limite, que no me diga ‘no puedes salir así'».

Sube la temperatura…

La cita se fue calentando hasta el punto que Anna le confesó que practicaba el sexo tántrico y tuvo qué explicar en qué consistía porque él no lo conocía. El joven también quiso saber cuál era la fantasía sexual de su cita, a la que ella respondió que le gustaría que la ataran con unas esposas, ya que buscaba romper con la monotonía. «Siempre lo mismo, no», explicaba.

Al acabar de comer, se dirigieron al reservado donde se dejaron llevar y acabaron dándose un apasionado beso. Anna reconoció que Albert «besaba bien y habrá que saber si puede besar mejor«, y, finalmente, los dos se dieron el «sí» a una segunda cita.

 

 

Finalmente, os dejamos uno de los momentos más interesantes de la cita:

¿Creéis que Anna y Robert hacen buena pareja? Y vosotros, ¿alguna vez habéis probado el sexo tántrico?

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Fuente: cuatro

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