A la mayoría de nosotros nos produce placer estar en una habitación ordenada, limpia y equilibrada; no por nada nos sentimos tan bien cuando vamos a sitios como Ikea, en los que cada estancia está diseñada a la perfección para hacernos sentir confortables.

Una habitación ordenada, por lo general, también suele fomentar un mejor estado mental, de mayor paz, estabilidad y concentración. Llegados a este punto y teniendo todo esto en cuenta, no cabe duda de que el orden, en términos generales, es más beneficioso para nosotros que el desorden… pero entonces, ¿por qué somos tan desordenados?

Es cierto que hay muchas personas para las que el orden es innegociable, pero esto no es extensible a la mayoría y, muy probablemente, casi todos los que estamos leyendo esto, a la que nos descuidamos un poco, tenemos la habitación hecha un desastre. Pues bien, hay una explicación para esta aparente contradicción en nuestra ‘naturaleza’.

Una de las principales causas que explicarían esto sería puramente conductual: si no aprendemos de pequeños que ordenar no es perder tiempo y que es un esfuerzo que vale la pena, lo más probable es que no acabemos adquiriendo ese hábito. Relacionamos ordenar con desperdiciar tiempo y energías y, por tanto, no lo hacemos.

Entonces, ¿qué dice esto de nuestra personalidad?

Lo primero que podríamos pensar es que este tipo de personas solo buscan la satisfacción a corto plazo y, por tanto, ordenar supondría un gasto de energía que, al momento, no le aportaría nada positivo. Esto, por supuesto, es obviar los beneficios que, a la larga, nos proporciona vivir en ambientes más ordenados.

Otra cosa que se suele pensar de las personas desordenadas es que son vagas… pero esto no siempre tiene por qué ser así. Puede que, simplemente, le den mucha más importancia a otras tareas, dejando el orden en un segundo o tercer plano.

La falta de perfeccionismo también puede ser un rasgo principal de las personas desordenadas. Esto no quita que sí puedan serlo en otros aspectos de su vida, pero sí sería algo bastante sintomático.





Otra cosa sería fijarse si el desorden va acompañado de otras cosas como una dejadez en la higiene, falta de limpieza en el hogar (no es lo mismo ser desordenado que ser sucio) y, sobre todo, en cómo está el estado anímico de la persona. Y es que, en ocasiones, el desorden puede ser sintomático de un trastorno depresivo.

¿Es posible aprender a ser ordenados?

Hay varios truquillos que pueden ayudarnos a mantener un orden más estricto en nuestra vida. El primero sería deshacernos de todo lo que no necesitemos: acumular cosas se ha convertido en uno de los grandes males de nuestra sociedad.

Lo siguiente sería tener un sitio para cada cosa, un lugar fijo al que siempre tiene que volver después de utilizarla. Otra opción puede ser prescindir de gran parte de los elementos ‘decorativos’ y ser algo más pragmáticos: si no tiene una utilidad, directo al mercadillo. Y, sobre todo, mantener unos criterios de limpieza firmes. Esto es fundamental.

Si os ha gustado este acertijo y deseáis seguir poniéndoos a prueba, os dejamos un audio sobre el que debéis decirnos qué escucháis: ¿bicicleta o alquiler?

Para sacaros de dudas: dice bicicleta.

A vosotros, ¿qué os ha parecido todo esto?

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Fuente: La Vanguardia.

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