Shannon es una de las últimas protagonistas de ‘Mi vida con 300 kilos’ y, de lejos, tiene una de las historias más duras que hemos escuchado en este programa. De 39 y natural de Tucson, Arizona, vive completamente postrada en una cama ya que sus más de 335 kilos le impiden moverse a ningún sitio, mucho menos fuera de su casa.

Para comer, asearse y cualquier otra cuestión, depende únicamente de su marido Simon, quien dedica prácticamente la totalidad de sus días a cuidarla. Y es que el problema del sobrepeso la ha acompañado a lo largo de toda su vida, hasta el punto de que, ya con 13 años, había superado la barrera de los 113 kilos.

«Odio mi vida, esto ya no es vivir», reconocía Shannon al principio de su capítulo. «Estoy demasiado gorda. No hago nada y mi mundo se reduce a esta cama». Y es que, en la actualidad, apenas si puede incorporarse en la cama o ir al lavabo con la ayuda de su marido.

«Shannon necesita ayuda con casi todas las actividades normales de una persona», reconocía Simon. «Las cosas más sencillas, que los demás hacemos inconscientemente, ella no puede hacerlas», reconocía el hombre que, además de marido, hace de cuidador de Shannon. «No es fácil, pero lo tengo asumido», confesaba ante la cámara.

Ella en todo momento se muestra consciente de cuál es su problema y de cómo, en la base de esto, está su relación tóxica con la comida: «la comida me ha puesto así. Mi forma de comer ha destruido mi vida». A pesar de esto, ella reconoce ‘no tener ningún control’ sobre esto. Para ella, comer es lo único que le da alegría en la vida.

Shannon cree que su mala relación con la comida surgió cuando ella apenas tenía unos cinco años. Sus padres se divorciaron y ella sufrió bastante: «me crie con muchas personas diferentes: mi padre, mi madre, mi tío, mi abuela…».

Según contó su padre en el capítulo, su madre la abandonó al día siguiente de parirla en el hospital. «Se marchó sin avisar a los médicos y se fue. No le puso ningún nombre […] Cuando su madre se dignó al volver, lo primero que le dijo fue ‘madre mía, qué gorda te has puesto'», contó su progenitor.





Ella, por lo visto, pasó una infancia muy solitaria y comía de forma regular en el trabajo de su padre, un restaurante de comida rápida. «Comía comida basura sin parar.  A los siete años pesaba 45 kilos y seguí engordando porque cada vez le costaba más (a su padre) ocuparse de mí», relataba.

Pero no fue hasta que se mudó con su madre biológica y su padrastro que comenzó el verdadero infierno. Relató que, en aquel momento, no podía vivir sin comer hasta el punto de que sus padres le pusieron una cadena y un candado en la nevera para intentar detenerla. «Me acusaban de terminarme toda la comida», aseguró Shannon. «Pero no consiguieron detenerla», señaló.

Pasados los 13 años y pensando ya más de cien kilos, su madre no quiso hacerse más cargo de ella. «Se presentó ante el juez y dijo delante de mí que ya no me quería», relató entre lágrimas.

A partir de ese momento todo fue cuesta abajo y, al acabar el instituto, ya pesaba más de 200 kilos y su organismo se estaba resintiendo. Su vida no remontaba y todo acabó de estallar con un grave incidente que tuvo con su madre y su padrastro años después.

Volvió a vivir con ellos tras una mala racha y, un buen día, ambos empezaron a discutir y ella, con tal de defender a su madre, se puso en medio. En ese momento, según relata la propia Shannon, su padrastro le propinó un puñetazo en la cara. Ella intentó avisar a la policía, pero cuando se pudo dar cuenta su padrastro ya estaba apuntando a su madre en la cabeza con una pistola.

A vosotros, ¿Qué os ha parecido toda esta historia? 

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Fuente: MiBrújula.

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