La probabilidad de que a uno de nosotros nos toque la lotería es pequeñísima, pero existe. Solo hace falta echar un vistazo a nuestro alrededor o encender la televisión el día del Sorteo de Navidad para darnos cuenta de que ganar la lotería es complicado, pero no imposible.

Lo primero que solemos pensar al ver las imágenes es «¡qué suerte!» o «un regalo caído del cielo» y verdaderamente que nos toque la lotería es algo que no podemos controlar; se trata de un juego de azar cuyo resultado no depende de nosotros. Sin embargo, cuando conozcáis la historia de este hombre os preguntaréis muchas cosas sobre lo que realmente significa la suerte.

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Hoy queremos que conozcáis la historia de Bill Morgan, el que sin duda alguna puede ser considerado como uno de los hombres más afortunados del mundo.

Morgan trabajaba como conductor de camión cuando en 1999 su vida cambió por completo. Vivía en una caravana y siempre estaba en movimiento por su trabajo.

Cambio de vida

En 1999, sufrió un grave accidente con su camión por el que estuvo clínicamente muerto durante 15 minutos. Estuvo en coma 12 días e incluso su familia quiso que le retiraran el soporte viral que le mantenía con vida.

De forma casi milagrosa, Morgan despertó dos semanas después sin ninguna secuela grave y pudo retomar su vida. Sin embargo, nada iba a volver a ser igual: dejó su trabajo por uno más estable y le pidió la mano a su pareja, Lisa Wells.

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Un golpe de suerte

Un día, decidió comprar un rasca y gana y la suerte volvió a estar de su parte porque le tocó un coche valorado en casi 20.000 euros. Los medios se hicieron eco de su caso y no dudaron en hacerle entrevistas para conocer un poco más sobre su historia.



De hecho, hubo una cadena local que quiso ir más allá e incluso le invitó a recrear la escena de la compra de su boleto. Él aceptó por lo que volvió al comercio donde había comprado el boleto premiado y aprovechó para comprar otro.

Pero lo que ahora iba a pasar era completamente inesperado: este segundo boleto también estaba premiado y no con un coche, sino con un premio en metálico de 170.000 dólares (unos 140.000 euros). Cosas del directo, dicen.

Bill se compró una casa, se casó con su novia y siguió con su vida como si nada. Ah, y dejó de comprar lotería. «Solo espero que no haya gastado toda su buena suerte», comentaba su pareja. 

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Fuente: lavanguardia