Sumergirnos en el agua sin poder respirar hace que nuestro cuerpo se prepare para lo peor: la falta de oxígeno. Y es que someternos al agua hace que nuestro organismo active el conocido como ‘reflejo de inmersión’, el cual ralentiza nuestro ritmo cardíaco, estrecha nuestros vasos sanguíneos y contrae el bazo. Esto es algo que debemos tener muy presente para poder entender nuestra historia de hoy.

Y es que todos, en mayor o menor medida, podemos aguantar la respiración debajo del agua unos cuantos segundos, incluso hay quienes pueden durante minutos. Pero eso es algo que, para los bajau, es de principiantes: ellos pueden estar hasta 13 minutos sumergidos, pudiendo descender hasta los 60 metros de profundidad.

Una cuestión de supervivencia

Se trata de un pueblo nómada que vive en las costas de Filipinas, Malasia e Indonesia, y utiliza este ‘recurso’ para, básicamente, pescar y poder alimentarse.

Y es que lo más fascinante de estos ‘buceadores profesionales’ es que, según se ha podido comprobar, su ADN ha mutado hasta el punto de ofrecerles una cierta ventaja a la hora de tener que adentrarse en el ‘Gran Azul’.

La importancia del bazo

Y es que este órgano, por lo general, pasa bastante desapercibido en nuestro cuerpo. Podemos vivir sin él y su función es la de ayudar al mantenimiento de nuestro sistema inmune y al reciclaje de los glóbulos rojos… pero podría haber algo más.

Investigaciones han demostrado que mamíferos marinos que pasan gran parte de su vida sumergidos poseen un bazo de un tamaño desproporcionado, bastante más grande de lo que sería ‘habitual’.

Melissa Llardo, investigadora del Centro de Geogenética de la Universidad de Copenhague, quería, bajo esta premisa, comprobar si esto también se daba en aquellos humanos que pasaban tantas horas de su día bajo el agua. Los nómadas del agua, en este sentido, eran perfectos para su estudio:



«Primero quería conocer la comunidad, no solo aparecer con instrumental científico y desaparecer. En la segunda visita, llevé una máquina de ultrasonidos portátil y material para la recolección de saliva. Fuimos a varias casas y sacamos imágenes de sus bazos», explica la investigadora respecto a sus primeros contactos con estos poblados.

Una gran sorpresa

¿Qué descubrió la doctora Llardo? Pues que, efectivamente, el bazo de los bajau era un 50% más grande que los de sus vecinos más próximos, los saluan.

Según Llardo, lo más probable es que el llevar miles de años viviendo en esa región, ha hecho que los bajau desarrollen una ventaja genética que les permita tener esa característica diferenciadora respecto a otras poblaciones colindantes.

La baja presión a la que se someten

Richard Moon, investigador de la Facultad de Medicina de la Universidad de Duke, sostiene que se necesitan más elementos fisiológicos para poder nadar a esa profundidad durante tanto tiempo. Reconoce que, a pesar de que el bazo pueda ayudar, no se explicaría cómo hacen para que las altas presiones les revienten los vasos sanguíneos de los pulmones.

«La pared torácica pulmonar podría adaptarse. Podría haber cierta holgura que se desarrolla a medida que entrenas. El diafragma podría extenderse. Los abdominales podrían ajustarse. En realidad no sabemos si estas cosas ocurren», asegura el investigador. «El bazo es capaz de contraerse hasta cierto punto, pero no sabemos a ciencia cierta si existe una conexión directa entre la tiroides y el bazo. Podría existir».

De momento, todo este tema sigue en manos de los investigadores, pero sí parece haber una clara relación entre una ‘genética especial’ y el hecho de que los bajau puedan estar así de adaptados a la vida acuática.

A vosotros, ¿qué os ha parecido todo este estudio? Ya de paso… ¿Cuánto es lo máximo que aguantáis debajo del agua (sin ahogaros, claro). 

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Fuente: National Geographic.