Las redes sociales han supuesto una de las mayores revoluciones de nuestra humanidad. Han cambiado por completo nuestra forma de relacionarnos y la manera en la que nos mostramos al mundo y esto, como con todo en esta vida, tiene unas cosas buenas… y otras que no lo son tanto.

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Podemos hablar con una persona que se encuentra al otro lado del mundo mientras la vemos a tiempo real con una calidad de imagen que casi parece que se vaya a salir de la pantalla; podemos encontrar a amistades perdidas del colegio y montar nuestra propia tienda virtual en apenas una tarde.

La cara oscura de las redes sociales

Pero no es oro todo lo que reluce: las redes sociales también son un escaparate que nos tiene constantemente expuestos al resto del mundo que decida vernos y que nos siga. Esto puede generar comentarios indeseados, mentiras y malentendidos… y todo esto puede llegar a afectar seriamente a nuestra salud mental. Solo debemos recordar como, a lo largo de estos últimos años, son muchos los youtubers que se han pronunciado respecto a las depresiones que han sufrido por culpa de la exposición derivada de su profesión.




Las redes sociales, en general, son buenas, pudiendo llegar a ser muy positivas si se utilizan correctamente. Pero no debemos obviar que, como con todo, debemos tener cuidado y saber dosificarlas, sobre todo si somos adolescentes y estamos en una etapa especialmente vulnerable de nuestra personalidad.

Filtros que encubren problemas

La cosa ha llegado a un punto en el que algunos psicólogos han acuñado el término “dismorfia de Snapchat”, para hacer referencia a un trastorno en el que algunas personas quieren someterse a cirugías para parecerse a su propia imagen, pero retocada con algunos filtros de los que nos ofrecen las redes sociales en los que, supuestamente, nos mejoran.

Debemos dejar claro desde un principio que el término de “dismorfia de Snapchat” no se encuentra recogido en el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-5), pero sí encontramos en esa clasificación de trastornos el trastorno dismórfico corporal (TDC), en donde podríamos englobar este nuevo tipo de dismorfia.

El trastorno dismórfico corporal se acostumbra a diagnosticar a personas que, en su día a día, tienen pensamientos de malestar con su físico, y que llegan hasta el punto de pensar sobre esto varias horas cada una de sus jornadas, convirtiéndose así en un pensamiento obsesivo. Las personas pueden adquirir una serie de rituales que les hagan ‘sentir mejor’ y, en conjunto, llevar una vida afectada por esto.




Cuidado con los adolescentes

En este sentido, se están dando muchos casos de adolescentes que acuden a profesionales de la estética que cumplen este perfil. Muchos de estos jóvenes acuden y, abiertamente, utilizan las fotos modificadas con los filtros para aclarar cómo quieren realizar sus modificaciones.

Estos cambios pueden ir desde la eliminación de arrugas, hasta la modificación de rasgos como los ojos, los labios y los pómulos para alterar su forma acorde con una imagen digital preestablecida.

Un filtro no deja de ser una herramienta que podemos utilizar sin mayor problema. El problema es cuando surgen pensamientos obsesivos que pueden derivarse a trastornos. Lo mejor en este tipo de casos es acudir a un profesional de la psicología para determinar exactamente qué es lo que nos está pasando.

Una imagen irreal del mundo que nos rodea

Las redes sociales, en muchos casos, nos muestran una imagen irreal y distorsionada del mundo que nos rodea. Si nuestra vida no nos gusta, intentaremos mostrar una versión ‘alternativa’ en las redes y, en casos más extremos, intentaremos que esa realidad ficticia se convierta en la única y auténtica.





Los más jóvenes, estadísticamente hablando, son los más vulnerables a caer en este tipo de problemáticas y, por lo tanto, es donde debemos poner primeramente el ojo. La utilización de las redes sociales debería estar acompañada de una labor didáctica por parte de la sociedad, pero todavía nos estamos acostumbrando a ella y, de momento, carecemos de muchas herramientas didácticas que, esperemos, desarrollemos con los años y la experiencia.

Debemos prestar atención

La solución a este tipo de cosas nunca es sencilla… por lo que lo mejor suele ser la prevención. Como padres o tutores de adolescentes, lo que se puede hacer es, antes de permitir el acceso de este a redes sociales, valorar si tiene un suficiente grado de madurez que le permita ser consciente de la complejidad de la situación.

Cada vez la utilización de las redes sociales empieza a edades más precoces y, si algo debemos tener presente, es que estos espacios tecnológicos no están pensados para personas tan pequeñas y, por lo general, se recomienda su utilización a partir de los 16 años.

Debemos, como sociedad, ser conscientes de que las redes sociales no son ‘simplemente’ un juego al alcance de cualquiera. Pueden tener unas implicaciones serias en nuestro desarrollo cognitivo y, por lo tanto, no debemos tomárnoslo a la ligera.

A vosotros, ¿qué os ha parecido todo esto? ¿Conocéis a alguien que le haya pasado?

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Fuente: Hipertextual.