Nuestra vida está llena de sonidos: el tráfico, las obras de la esquina o el pitido del afilador de cuchillos; los estímulos auditivos son un órgano más de todo ese tejido vivo que es nuestra sociedad.

Estamos acostumbrados a esos sonidos y, por lo general, no les hacemos ni caso: los escuchamos como un ruido de fondo que sirve de contexto a nuestras vidas, pero que no le aporta nada bueno ni malo. Pero no todo el mundo es así: hay personas que viven algunos sonidos como un verdadero infierno.

¿Te molesta cuando alguien sorbe sopa, mastica chicle o se come unos snacks? Si es así, puede que tengas un pequeño problemita que se llama ‘misofonía’ y que, a pesar de que esto genera mucho debate, está considerado como un trastorno por muchos especialistas.

Según un estudio publicado por la Current Biology (en inglés siempre queda más creíble), se llegó a la conclusión de que las personas que sufren misofonía sí tienen unas cuantas diferencias neuronales con el resto.

Lo que se descubrió es que, cuando se exponía a esas personas a los ruidos desencadenantes del ‘estrés’, la actividad cerebral sufría cambios que no eran los propios de escuchar esos sonidos.

La Facultad de Medicina de Harvard determinó que ‘misofonía’ era la afección sufrida por aquellas personas que, ante sonidos tales como bostezar, masticar, roncar o respirar, sufrían una afectación emocional negativa.



Los estudios han arrojado resultados de lo más curiosos: la persona que sufre de misofonía sufre de una anormalidad neurológica que altera su control emocional, haciendo que su cerebro, ante determinados sonidos, se excite sobremanera.

Esto se pudo comprobar gracias a las pruebas realizadas valiéndose de resonancias magnéticas que midieron la actividad cerebral de los pacientes a los que, evidentemente, se les estaba exponiendo a dichos sonidos de ‘estrés’.

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Al parecer, los estudiadores también establecieron unos ‘grados de incomodidad’ entre los diferentes sonidos: neutros para la lluvia o el correr del agua; desagradables para el grito de una persona o el llanto de un niño; desencadenantes para la respiración muy fuerte o el masticar de algún alimento.

Los sonidos desencadenantes, como os podréis imaginar, son los que activaban la actividad cerebral de las personas que sufren de misofonía. Esto, por lo general, viene acompañado de algunas respuestas fisiológicas como sudoración excesiva o un aumento notorio de la frecuencia cardíaca.

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A pesar de que no tiene el reconocimiento oficial de las clasificaciones de trastornos psiquiátricos aceptadas internacionalmente (DSM-5 e ICD-10), resulta innegable que las personas que sufren de este trastorno comparten unas características muy parecidas.

Si estás leyendo esto y crees que puedes sufrir de misofonía, lo mejor será que vayas a un especialista, ya que hay varios tipos de terapia cognitiva conductual que ayudan bastante a mitigar los síntomas del trastorno.

A vosotros, ¿Qué os ha parecido la misofonía? ¿Conocéis a alguien que la sufra? Dejádnoslo en los comentarios. 

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Fuente: Rolloid.