Corea del Sur fue uno de los países más afectados por el coronavirus en un principio. El país asiático, el pasado 29 de febrero, llegó a registrar casi mil infectados por el virus en un solo día… ¿cómo están hoy en día? Tan solo una decena de casos nuevos al día… ¿cómo lo han conseguido? ¿Cómo es posible que hayan aplastado tanto la curva de infectados? Ahora os lo contamos, porque hay mucho de lo que podemos aprender ahí.

La responsabilidad conjunta

Lo primero que hizo Corea del Sur fue prohibir de forma inmediata las grandes concentraciones de personas, sean de la naturaleza que sean: fiestas, matrimonios, manifestaciones… ¡todo!

No podías ir ni al colegio, ni a jugar al parque, ni a un estadio a ver a tu equipo favorito, ni a un centro de día… Seúl, la capital del país, ya había sido clausurada por completo el día 21 de febrero, cuando el país asiático ‘solo’ contaba con 150 casos de positivo.

Corea del Sur solo prohibió el acceso a las personas procedentes de Hubei, el foco mundial del virus. Por lo demás, las personas podían entrar y salir del país… eso sí: sin reunirse de forma multitudinaria:

“Ahí no se prohibió salir a la calle ni salir de la ciudad como en China, España o Italia”, cuenta a Efe Kim, una ciudadana anónima de la provincia coreana de Daegu.

“El ayuntamiento pidió a la gente el 20 de febrero, cuando apenas se descubrió el brote, que solo salieran de casa si era estrictamente necesario y eso ha hecho y sigue haciendo la inmensa mayoría de ciudadanos desde hace casi un mes ya”, afirma la ciudadana con orgullo.

La transparencia y la comunicación del gobierno

Gran parte de la información que tenemos hoy del virus se la debemos al Centro de Control y Prevención de Enfermedades Contagiosas de Corea (KCDC). Este organismo compartió con el mundo, de forma precisa y detallada, toda la información que iban obteniendo del coronavirus.



La forma de comunicar a la ciudadanía todo lo referido al virus también ha servido de referencia para todo el mundo. No es fácil comunicarse en un caso como este y ellos, con gran acierto, han sabido transmitir cada uno de los avances (y retrocesos) respecto a la investigación… y eso es fundamental para tranquilizar a la población en estos momentos de máximo estrés.

Desarrollaron, por ejemplo, una app que permitía a los ciudadanos saber cuándo alguien cercano a su zona de residencia se infectaba, además de los sitios por los que se había movido, permitiendo así ayudar al resto a saber si podían estar contagiados también.

Además de todo eso, Corea del Sur invirtió muchísimo esfuerzo en mentalizar a la población sobre las medidas de higiene y precaución que debían tomar:lavarse las manos a consciencia, utilizar mascarillas o teletrabajar, entre muchos otros consejos.

Muchisisisisimos análisis

Coroa del Sur es el país que más análisis ha realizado (unos 5.370 por cada millón de habitantes. Esto, como puede parecer obvio, lo que ha hecho es tener un mapeado muy preciso de la evolución de la enfermedad en la sociedad y, por lo tanto, tomarle ventaja a la hora de erradicarla.

La tecnología como aliada

El gobierno de Corea del Sur ha desarrollado aplicaciones que han facilitado la vida de los ciudadanos a la hora de luchar contra el coronavirus. Es una de las formas más eficaces que se han encontrado de rastrear a las personas infectadas de forma más grave y, por lo tanto, esto ha permitido acorralar más al virus.

Una de estas apps servía como cuestionario para las personas que llegaban de fuera, en especial de sitios como China, Hong Kong, Macao, Irán y Europa. y así saber si habían podido estar expuestas o no al virus. Estos test se realizaban de forma diaria y, en caso de dar síntomas, se les remitía a un sistema de ayuda telefónica para dar los siguientes pasos.

¿Lo más importante de todas estas medidas? La responsabilidad personal; la mayor aliada que vamos a encontrar a la hora de que este virus desaparezca lo más rápido posible.

A vosotros, ¿qué os han parecido todas estas medidas? ¿Alguna que os llame particularmente la atención? Dejádnoslo en los comentarios. 

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Fuente: La Vanguardia.