No vamos a sorprender a nadie si nos ponemos a hablar de lo mal que está el mundo actual con respecto a la importancia que le damos a la estética de todo lo que nos rodea, especialmente cuando ya no hablamos de cosas que podamos cambiar a nuestro antojo, sino de personas, sintientes y pensantes, que se acaban viendo en medio del juicio de quienes son incapaces de tratar al resto de humanos como tales.

Esto es lo que ha ocurrido en una de las últimas entregas del que tiene que ser el programa más romántico de nuestra parrilla televisiva: First Dates.

Todo empieza con «Ana Dubai», a quien (para que te vayas haciendo una idea) sus amigos llaman así porque le gusta el lujo.

Como persona que proviene de buena familia, que además se dedica (también por herencia directa) al mundo de la asesoría de imagen, está acostumbrada a vivir siempre con lo mejor de lo mejor, y eso también se espera con sus parejas.

Ella misma afirma que no le importa el estatus social de su pareja, ya que el dinero lo pone ella, pero queda claro rápidamente lo que ella busca: el perfecto hombre florero.

En ningún momento dejó caer qué pasiones querría encontrar en su pareja, ni intereses, gustos, actitudes… eso no es algo que ella valore.

En lo que sí que resultó bastante insistente fue en que sea una persona que cuide su físico y se exija tanto como sea posible, y que obviamente, su esfuerzo tenga sus merecidos frutos: cuerpo escultural de gimnasio y una cara bonita.

Luego de que Ana Dubai dejara claro que fantasea con anuncios de perfume en los que una pareja se lanza a un mar turquesa desde su barco de vela, apareció su cita: un tipo agradable y sorprendentemente normal.

A pesar de que nos encantaría deciros que después de una charla amigable, sonrisas, una buena cena y conocer a alguien inesperado Ana aprendió que hay cosas más importantes que las que tiene en la cabeza, la historia no podía parecerse menos. El coctelero malagueño se quedó pasmado ante la falsedad de su pareja de la noche, quien le decía una cosa a él y otra muy distinta a las cámaras.

A la comensal le gustaba decir bastantes veces lo sincera que era, luego de echarle 10 años más a su pareja e insistir con el puñal unas cuantas veces. No obstante, aún le quedaba mucho más por decir (como si fueran pocas las pullitas que iba soltando en la cena), y todo lo que callaba entre risas lo soltaba luego por detrás.

Y sí, tranquilos, que no os íbamos a dejar sin el vídeo, que sabemos que es a por lo que venís. Os retamos a que nos digáis cuánto tiempo aguantásteis viéndolo.

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Fuente: Cuatro