A veces es difícil perdonar.

Es algo que nos intentan enseñar desde que somos pequeños, ya sea en casa o en la escuela, pero eso no significa ni mucho menos que se logre aprender siempre de esa forma. Cuando crecemos, pasamos a escuchar canciones que hablan sobre ello, vemos películas que nos lo graban en la cabeza sin que lo sepamos del todo e incluso leemos libros que se suponen que nos ayudarán a lograrlo antes de que tengamos que pagar a un merecido profesional que realmente nos pueda ayudar.

Y a veces simplemente pasa algo que nos da un vuelco al corazón y nos abre los ojos.

Esto es lo que le ha ocurrido a la bloguera y madre, Mary Katherine, y quien le ha enseñado la lección de su vida no ha sido otra que su hija de tres años.

Esperamos que esta historia os ayude a ustedes tanto como a Katherine.

Mi hija y yo acabamos de tener una bronca para arrastrarla hasta la cama para acostarse. Finalmente, como unos diez minutos después, conseguí meterla en la cama, y antes de que fuese a decir nada, le puse cara de madre y le dije: «Te quiero, Holland, pero ni una palabra más esta noche. Te vas a dormir ya. Estoy cansada de preocuparme por tus peluches (esto último formaba parte de la conversación previa).»

Pero antes de que me fuera por la puerta alcancé a oír un suave «¿Mami?», y me paré, literalmente mordiéndome la lengua por lo frustrada que me sentía, esa niña no se iba a acostar en toda la noche. «¿Qué quieres, Holland?»

«Hay ALGO más que te tengo que decir»

Claro, como no podía ser de otra manera, ella estaba en una posición digna, de pie sobre la cama, con las manos en jarra e intentando limpiarse los mocos y la llorera con las mangas del pijama.

«Mami, ¡TE PERDONO!»

Y ahí lo tenéis. A algunos les parecerá algo demasiado simple, pero esa noche aprendí una lección de mi hija de tres años, me dio un vuelco al estómago, y se sintió casi como un puñetazo. Mi hija de tres años tiene una superioridad moral a la que no he llegado yo hasta ser madre.  Y si lo has pensado, sí, me abalancé sobre ella para comérmela a besos.

Mi hija me recordó algo tan esencial como que nunca hay que irse a la cama estando enfadado con quien se quiere, porque cuando lo haces, tu corazón se enferma.

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