Se dice que aquello que se consigue fácil, fácil se va, pero a veces incluso ni el esfuerzo es capaz de retener por mucho tiempo la recompensa.

Y es que aunque algunos talent shows han servido para lanzar estrellas al éxito, no lo vamos a negar, sí que es cierto que si nos paramos a hacer cuentas, en realidad es un proyecto que le funciona a muy poca gente.

Normalmente la historia se desarrolla de la siguiente forma. Durante la duración del concurso, el participante va subiendo el hype de un público que le atiende semana sí, semana también, hasta que finalmente llega a la «inesperada» victoria.

De una forma tan obvia como hipnotizante, el programa se ha dedicado a proporcionarte las herramientas y los datos justos para que te vuelvas partícipe en la historia del concursante, y que de la misma manera que si estuvieras viendo una peli o siguiendo una serie semanal, vas a querer que tu protagonista supere sus dificultades y se corone vencedor.

Pero pocas veces se cuenta lo que sucede luego de la gran coronación, del clímax. Pues bien, la peli acaba.

Y tú, y el resto del público os volvéis a casa cuando empezáis a ver los créditos, como mucho para comentarlo un par de veces en Twitter y pasar a lo siguiente que vaya a proponerte la tele como un plan para las noches de tranquileo y sofá.

Pero al otro lado siempre queda ese artista, que entró en un programa que le prometía el éxito a cambio de su exposición pública, y que pocas (muy pocas) veces tiene lo que realmente hay que tener para impulsarle a un éxito real y palpable, que no se disuelva al apagarse los focos del plató.

Seguramente recordarás a Susan Boyle, aquella señora fea que sorprendió a todos con una de las voces más bellas del mundo.



Se valió de una fama temporal que parecía exagerada, y que quizá si se le hubiera repartido en un tiempo más extenso sí le hubiera salido a renta, pero no fue el caso, y la que era una señora normal y fea del barrio pasó de la noche a la mañana a ser una estrella que cantaba para Obama y grababa discos de recopilatorios navideños.

Que sí, que también puede ser que te pase como a los chicos de One Direction y te salga medio bien la jugada… ¿Pero cuántas veces puede ocurrir esto?

En España quisimos intentar crear nuestra propia versión de esta creación de «estrellas fugaces», pero claro, con bastante menos pasta de por medio.

Pues bien, te resumiremos, aunque sea brevemente el qué fue de ellas.



Cristina Ramos Pérez.

Fue la primera ganadora de la versión española del formato. No quedó nadie por conquistar por su voz, y no fue solo en nuestro país, ya que al acabar su trabajo aquí fue como invitada especial a la edición mexicana.

Además, luego de esto el propio Simon Crowell la invitó a una edición especial en la que se enfrentarían los ganadores más destacados de todas las ediciones previas.



Pero no todo fueron luces y halagos, pues en el momento en el que cada programa acaba, vuelve a convertirse en una completa desconocida.

Ella misma ha comentado en una entrevista que su éxito en los programas y en el extranjero le sirve de poco en España.

El Tekila.

Sin duda este fue el ganador más polémico del programa, debido todo en gran parte a una broma pesada de Forocoches, que apoyó y votó en masa al bailarín de Rockabilly.

Finalmente, el tiempo le dio la razón a Risto, dejando al ganador como artista de bolos en ferias.



César Brandon.

Probablemente quien salió mejor parado, puesto que su intención no fue en ningún momento la de encontrar la fama loca de una celebridad, ni escalar a ningún tipo de élite llena de brilli brilli.

El poeta se hizo con el premio y aprovechó el momento para comenzar a publicar sus palabras en papel. Actualmente se dedica a su pasión, y no le va nada mal.

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Fuente: Los 40