En un lado de la mesa teníamos a Carlos, un sevillano de 36 años que se ganaba la vida como tatuador y que, ya desde el principio de la cinta, demostró una gran seguridad en sí mismo: «Los chicos que hay hoy en día por ahí son copias de chicos como yo. Eso chicos que llevan esa barba, esos cuerpos esculturales… pienso que es una fachada y que intentan imitar a chicos como yo».

Las sorpresas aguardaban ya desde el principio de la cita y Carlos no iba a decepcionar. Había traído consigo un par de máquinas de tatuar (una moderna y una más ‘clásica’) con el objetivo de preguntarle a su cita si estaría dispuesta a que alguien ‘la marcase’: «¿Te atreverías a que te marque para toda la vida?».

«Me considero una persona un poco oscura», confesaba Carlos. «Dentro de mí hay todo un universo y, como tal, es oscuro. Tienes que usar bien tu luz para poder ver dentro de mí», explicaba el tatuador…. ¿conseguiría su cita estar a la altura de tantas expectativas?

En el otro lado de la mesa iba a sentarse Yaiza, una alicantina en paro de 27 años que confesaba que, a ella de pequeña, la llamaban ‘marimacho’: «me gustaban más las sudaderas, los pantalones más holgados, y me sentía más cómoda jugando al fútbol y yendo con chicos».

Ella, ante la sugerencia de que ‘la marcasen de por vida’, no se asustó en absoluto: ‘yo soy de las chicas que se atreven a que las marquen de por vida, porque me atrevo mucho»… ¿Sería capaz de iluminar con ‘su luz’ el interior de Carlos?

Él estaba encantado con ella y, físicamente, le había resultado súper atractiva. Ella por su parte, también parecía bastante interesada en él y, aparentemente, había una fuerte conexión entre ambos (sobre todo en el tema de los tatuajes… un poco evidente, para ser honestos).




La conversación siguió por los derroteros habituales que siguen las citas al principio: hablar de las antiguas relaciones, de los motivos que llevaron a la ruptura, de qué era lo que esperaban de una pareja, etc.

Él, haciendo gala de esa especie de misticismo tan particular que había mostrado desde el principio de la cita, explicó que él era «una jaula que siempre tiene la puerta abierta. La gente puede entrar y puede salir, pero el no hará nada por retenerlos». Ella por su parte, estaba muy de acuerdo con esta visión: «mis parejas nunca han respetado mi libertad. Nunca he querido que me frenen».

La cita, de forma bastante evidente, había llegado a un punto bastante bueno y, cuando llegó el tema de hablar de la sexualidad, de entrada, también hubo bastante ‘feeling’. Ella era muy liberal y eso a él ‘le encantaba’. Pero entonces él confesó su ‘mayor secreto’: «encuentro placer en cosas que a otras personas pueden causar rechazo. Me da placer el dolor».




Yaiza se quedó completamente descolocada: «esto quizás no es demasiado necesario para una primera cita y quizás ni para una segunda. Igual deberías de dejarlo para un poco más tarde». Pero es que él seguía: «Yo puedo ser un poco tía: me entran ganas de hacerlo otra vez, seguido. No tengo que parar y, por eso, me considero diferente».

Al final, ella tenía la sensación de que él hablaba demasiado de sí mismo y dejaba muy poco tiempo para que ella interactuase… de hecho, lo cierto es que casi ni la escuchaba… ¿en qué acabaría todo?

Lo mejor es que lo veáis en el vídeo que os dejamos a continuación:

 




 

A vosotros, ¿Qué os ha parecido esta cita? ¿Creéis que él ha ‘dado demasiado’ en una primera cita? Dejádnoslo en los comentarios. 

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Fuente: Cuatro.