El tema de los piercings y los tatuajes está más de moda que nunca. Es cierto que esto no es ninguna novedad, pero, en los últimos años, la cosa se ha ‘salido de control’ por completo. Ahora, quien no tiene algún pendiente o algún tatuaje de una mandala en la espalda… pues no forma parte de este planeta, por decirlo suavemente. Solo hace falta que echemos un vistazo a cualquier perfil de Instagram para poder comprobarlo.

La cosa es que hay gente que se va al otro extremo y decide hacer de los tatuajes y las dilataciones una forma de vida… y es que eso es lo que ha hecho la protagonista de nuestra historia de hoy. Se trata de una joven que se ha gastado una fortuna en modificar su cuerpo… y ahora veréis de qué forma.

Amber Luke es una joven australiana de 23 años que, a día de hoy, lleva ya gastados más de 10.000 dólares en modificaciones corporales. Empezó como empiezan todas las grandes cosas: poniendo una pequeña piedrecita.

Luke empezó a trabajar como ‘piercer’ (las que ponen pierncings, por si no quedaba claro, vamos) y, a día de hoy, luce completamente irreconocible: tiene ya más de 50 tatuajes que van desde los lóbulos de las orejas, hasta los globos oculares, pasando por otras modificaciones como la de las orejas dilatadas o a lengua bífida.

Ella es consciente de que su imagen actual puede producir rechazo a muchas personas y que no es la imagen más ‘habitual’ que puedes encontrar cuando vas por la calle, pero lo cierto es que le da igual: “Estoy absolutamente enamorada de mi imagen”.

A Amber le han puesto un apodo muy curioso del que se siente muy orgullosa y cuyo origen no tiene problema en explicar: “Recibí el nombre ‘Blue Eyed White Dragon’ de mis amigos, ellos me llaman así porque me asemejo a un dragón con mis ojos y mi lengua”.

Su primer tatuaje se lo hizo cuando tenía 16 años y, a partir de ahí, lo suyo fue una auténtica adicción:  “Tan pronto como cumplí 16 años, me inspiraron los que me rodeaban para tatuarme. Deseaba saber cómo era la sensación”.





“Desarrollé una adicción a los 16 años de edad. Cuando llegué a los 18, ya tenía tres tatuajes. Y cuando cumplí 18 años, decidí hacerme mi primera gran pieza. Ahora, tengo más de 50 tatuajes, no he podido contarlos todos”.

La cosa solo se le complicó un poco cuando decidió tatuarse los ojos… es que no es ninguna tontería inyectarse tinta ahí: “El procedimiento fue de solo 40 minutos. Fue muy intenso y muy doloroso. Mis ojos se mantuvieron abiertos mientras una jeringa se inyectaba cuatro veces por ojo. Estuve ciega durante tres semanas”.

Lo habitual, en este tipo de casos, es que la familia no esté demasiado contenta, pero en su caso es diferente. En su caso la han apoyado en todo momento: “Mis amigos me han apoyado mucho con mis modificaciones, y mi madre ha sido mi mayor apoyo desde el primer día».

A vosotros, ¿qué os ha parecido esta historia? ¿Qué os parecen este tipo de ‘modificaciones’? Dejádnoslo en los comentarios. 





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