Priscila se definía  así misma como una chica ‘cariñosa y agradable’: «soy un poco divertida y alocada, que siempre viene bien». En lo que se refería a su profesión, explicaba que era azafata de promociones de tabaco: «cada vez que voy a los estancos, quieren que vaya, porque soy la alegría de la casa».

En lo que a sus relaciones pasadas se refería, explicaba que nunca había tenido suerte y que había tenido que ejercer de madre soltera: «tengo dos niños. Me han hecho sufrir, pero mi intención es no volver a sufrir. A ver si encuentro a alguien».

En el otro lado de la mesa encontramos a Miguel, un joven de 34 años, soldador de profesión, que confesaba no ser la persona más afortunada del mundo en lo que al amor se refería: «lo pasé mal con mi antigua relación y me gustaría encontrar a una persona que me quisiera».

«Ni soy tímido, ni soy súper alegre. Soy una persona neutral, más bien serio», explicaba Miguel en privado. La cosa, de entrada, no parecía ir demasiado mal y para nada se podía prever cómo seguiría la cita en la mesa.

Empezaron a hablar del tema del mar y, a pesar de que ella se mareaba mucho al ir en barco y el se acababa de sacar el carnet de capitán, ella se mostró bastante receptiva a la hora de ir con él surcando los siete mares (si la cosa iba bien, claro).

La cosa se empezó a torcer con el tema del baile y de la música, ya que Miguel no se mostró precisamente como un entusiasta del baile. Ella, en privado, explicaba que, a pesar de que necesitaba algo de calma, también quería a alguien que la ‘empujase’ un poco a hacer cosas.

Pero entonces ya llegó la ‘colección de perlas’: «a mí los chicos aplatanados no me gustan. Yo soy una chica muy divertida y no puedo tener a un chico así a mi lado. Con lo divertida y nerviosa que soy, necesito a un chico que me siga».

Y llegó el primer ‘zasca’: «Tienes que hablar eh, que te veo un poquito ahí cortadico. Que yo sé que te poner nervioso y tal», a lo que él reaccionó sin saber cómo reaccionar, la verdad. «No sé, pregúntame cosas o algo», le acabó exigiendo ella.

«Le he tenido que dar un toque porque necesitaba que estuviese un poco más movido, estaba muy paraico», confesaba ella en privado. Pero es que aún faltaba la ‘escena del karaoke’… la cual resultó bastante incómoda.

Ella le pidió cantar en medio del restaurante, cosa que a él no le gustó demasiado: «Muy mal, entonces ya no te estás arriesgando a hacer cosas conmigo», aseveraba ella. «Te estoy poniendo a prueba para ver si harías cosas conmigo, y eso es un punto negativo».

Ella, en resumen, lo que afirmaba era que si él no hacía exactamente todo lo que ella quería, aunque ello implicase quedar en ridículo, era que esa persona no la quería y que no estaba dispuesta a darlo todo por ella.

Pero quedaban más balas: «Te voy a hacer una pregunta: ¿tú eres un poco rarito en algunos temas?», a lo que él no dudó en contestar: «para nada».

Entonces tocaron el tema que ya acabó de hacer saltar todo por los aires. Ella le preguntó que cómo era él en la cama: «Yo para tener a un chico paraico, prefiero no tener nada». Él le dijo que sí era activo, pero ella no se lo creyó: «me has dicho que en la cama eres activo y te veo lo contrario. Te noto como que te cuesta».

Él se intentó defender: «Pues lo contrario», pero ella le dijo que no lo parecía… y es que la situación, en este punto de la conversación, ya se estaba poniendo muy incómoda para Miguel, que no estaba nada a gusto.

La cosa es que ella no estaba nada convencida: «yo pinta de empotrador no le veo, la verdad»… ahí la cita ya estaba completamente condenada al fracaso… y lo mejor es que, el final, lo veáis vosotros mismos: