Aaron y Rachel Halbert son dos misioneros que, desde muy temprano en su relación, supieron que, sí o sí, tenían que, algún día, adoptar a un niño negro. Uno de los principales motivos para esto es que ellos tenían muchas dificultades para poder tener un hijo y se enteraron de que los niños de color, estadísticamente hablando, eran los menos adoptados.

Ellos querían poder darle un hogar a un niño que, de otra forma, probablemente, moriría por abandono. Lo que era una decisión importante, pero relativamente habitual, resultó ser algo que les cambió la vida por completo de una forma completamente imprevisible.

Primero adoptaron a un par de niños centroafricanos y todo empezó a irles de fábula, pero entonces descubrieron el Centro Nacional de Donación de Embriones… y sus vidas volvieron a dar un giro muy importante.

Rachel se sometió al proceso que ofrecía ese centro… y fue entonces cuando, tras implantarse dos embriones gemelos de bebés afroamericanos, la cosa se convirtió en una auténtica ‘locura’.

Para explicar su historia, Aaron escribía la maravillosa carta que os dejamos a continuación: “El pasado domingo, mi hermosa esposa, blanca como yo, dio a luz a tres preciosos bebés afroamericanos que adoptamos cuando tan solo eran embriones. Esperamos con impaciencia poder volver a casa para que nuestros otros dos hijos adoptivos puedan conocer a sus nuevas tres hermanas. Sé que aunque esto sea una forma de aumentar la familia totalmente natural para mí, existen personas que necesitan una pequeña explicación”.

Como podemos ver desde el principio, su intención es la de dejar muy claro que,  a pesar de que lo que han hecho es algo tremendamente natural e, incluso, encomiable, hay muchas personas que no lo acaban de ‘entender’, por decirlo suavemente.

“Crecí siendo hijo de misioneros evangélicos en Honduras, esto hizo que rápidamente fuese consciente de la diversidad racial que existía en el mundo. Yo era un chico pálido como la leche con los ojos azules, no era de extrañar que desentonase entre los demás, sin embargo, al mismo tiempo que me sentía diferente, también me sentía muy conectado con la gente de allí. Mi esposa por el contrario se crió en el delta del Mississippi, y no fue hasta que viajó un par de veces hasta Haití que pudo eliminar el prejuicio racial de su mente. Ambos pensamos que la diversidad es algo maravilloso que hace que el mundo sea mejor. Nuestras diferencias son motivo de celebración y no de desprecio”.





Su conexión con las diferentes culturas era algo que había ‘mamado’ desde pequeño y se dio cuenta de que las diferencias no nos hacen peores, nos hacen más fuertes. Los prejuicios son solo un freno para el enriquecimiento personal.

“Cuando todavía estaba saliendo con Raquel, decidimos que queríamos adoptar a un niño. A pesar de que éramos fértiles, teníamos la convicción de que una de las mejores formas de promover la vida es mediante la adopción. Varios años después de casarnos, con la idea de viajar como misioneros de la iglesia hasta Honduras y mientras intentábamos concebir de forma natural, decidimos visitar un centro de adopción de Mississippi. Al conocer que a menudo es mucho más difícil encontrar familias adoptivas para los niños de color, informamos a la agencia que estábamos dispuestos a aceptar cualquier niño excepto aquel que fuese totalmente caucásico”.

“Cuando empezamos el proceso de adopción sabíamos que la diferencia de piel jugaría un papel importante en nuestra vida familiar. Ambos pensamos que todos somos iguales a pesar de nuestras diferencias físicas. Lejos de obviarlas, las vemos, la apreciamos y las aceptamos”.

Eran completamente conscientes de lo que suponía convertirse en una familia multiétnica y que muchas personas los mirasen por la calle como ‘bichos raros’… pero estaban más que dispuestos a asumirlo.

Han tenido que sufrir situaciones en las que, simplemente, coger de la mano a sus hijos, ha supuesto una gran cantidad de miradas raras, sobre todo en el sur de los Estados Unidos, donde residen actualmente.

“Fue nuestro compromiso por la protección de los no nacidos y de la idea de aumentar la familia lo que nos llevó hasta el Centro Nacional de Donación de Embriones. Aunque nuestros hijos adoptivos nos tenían bastante ocupados y en un principio no contemplábamos la posibilidad de ampliar la familia, después de que una pareja nos animase y apoyados por la idea de Rachel de rescatar uno de esos embriones, decidimos intentarlo. Vivimos en un mundo donde cientos de miles de embriones congelados son donados a la ciencia o destruidos”.

Explican que, para decidirse que el embrión donado fuese de una etnia u otra, pensaron en qué sería mejor para que sus otros hijos se sintieran conectados y se apoyasen entre ellos. Por ese motivo, decidieron volver a tener unos hijos de color.

“En septiembre del año pasado, dos embriones fueron implantados en Rachel, desde ese día comenzaría la tediosa espera para comprobar que los embriones estuviesen sanos conforme al proceso de gestación. Seis semanas después de que los embriones fueran implantados, visitamos nerviosos un hospital local de Honduras, donde nos encontrábamos trabajando como misioneros a tiempo completo”.

A Rachel le implantaron dos embriones fecundados dentro… ¡y crecieron los dos! Y no solo eso sino que, con el tiempo, se dieron cuenta de que uno de ellos se había dividido en dos, por lo que lo que les esperaba eran trillizos… ¡Les había tocado la lotería!

A partir de entonces, todo fue la máxima felicidad a la que podía aspirar un ser humano, dejando de lado etnias, colores y, sobre todo, prejuicios.



A vosotrxs, ¿Qué os ha parecido esta maravillosa historia? Dejádnoslo en los comentarios de Facebook. 

SIGUE NUESTRO CANAL DE YOUTUBE: YO CONTROLO