Muchos médicos, en especial de emergencias, ven cosas bastante duras en su día a día. Lesiones y heridas, en ocasiones fatales son parte de su trabajo. Pero también son testigos de cosas maravillosas.

Recientemente, alguien preguntó en el foro Quora «¿Qué es lo más asombroso que habéis visto trabajando de médico de emergencias?», y la respuesta no decepciona en absoluto.

El psiquiatra alemán Mikka Luster compartió una historia de una banda de moteros con aspecto amenazador entablando amistad con una pequeña de 6 años, y te recordará que no debes juzgar un libro por la portada.

Foto via Complex (no es la foto real)

«He sido un médico de emergencias durante 12 años,» explica el doctor Luster. «Soy el psiquiatra, así que trabajo en casi todo, desde tratar a familias y pacientes en eventos traumáticos hasta emergencias relacionadas con las drogas o el alcohol. Mis días suelen ser ‘aburrimiento interrumpido por estrés masivo’ en los días buenos y ‘estrés todo el día’ en los no tan buenos.»

«Los moteros eran miembros de un conocido club que trataba muchas cosas, digamos, turbias. Como se trata de un club grande y cada grupo dentro del club parece ser distinto, no sé si ese grupo estaba involucrada en el trapicheo en el que los criminales están involucrados. Es totalmente posible que fueran ciudadanos normales que sólo llevaban motos y fueran un grupo dentro de un club que hace cosas en las que ni tú ni yo querríamos estar involucrados.»

Foto via Complex (no es la foto real)

¿Cuál es la cosa más asombrosa que has visto siendo médico de emergencias?

«Una niña de seis años tuvo un ‘accidente.’ Lo pongo entre comillas porque fue una combinación de negligencia de los padres y ella siendo herida por un niño más grande el día antes y ella mareándose mientras bajaba las escaleras llevando la colada porque su madre estaba demasiado colocada para hacerlo. Ninguna niña de seis años debería encontrarse en esa situación, pero si tuviera que haber una, no debería ser ella.

«Era débil por la malnutrición, se asustaba fácilmente por lo que pasaba en casa y en la escuela donde le hacían bullying incansablemente, y aún así, fue capaz de llevarlo mejor que la mayoría de adultos. Debajo de la máscara, sin embargo, había una pequeña niña muy triste, asustada y solitaria.

«Llegamos a su casa y la niña nos vino a buscar, y los [chavales] de trauma empezaron a tratar su brazo y clavícula fracturados, alguien trataba sus cortes y una enfermera le hacía compañía porque su madre no estaba en ningún sitio. Los vecinos habían llamado a emergencias después que la niña se fuera de casa buscando a alguien que le pudiera dar vendas.

«Dos casas más abajo había un hombre que me haría cambiar de acera si lo viera en persona. Enorme, abultado, musculoso, barbudo y con atuendo de motero. Había sido apuñalado por alguien pero se negaba a identificarlo, diciendo que había sido un accidente o algo. Con él estaban sus hermanos, los especímenes más enormes de la raza humana, barbudos, de aspecto severo.

«Mientras eso pasaba uno de los armarios se fue, declarando a todo volumen que iba a ‘echar un p*to meo’, pasando por la casa de la niña, mientras la enfermera mantenía la puerta abierta durante unos segundos. En un abrir y cerrar de ojos, este tipo duro de aspecto aterrador se transformó en un oso de peluche. Entró sin preguntar.

-¿Qué ha pasado, pequeña? -preguntó.

-Me he caído -contestó la niña.

-Nadie se cae así, me he caído muchas veces, sé cómo son las caídas.

«Y de repente, este tipo ENORME estaba sentado con la pequeña, haciéndole reír (y encogerse de dolor por las heridas), jugando con su pelo y dándole miedo al equipo de emergencias. Entonces fue cuando me llamaron, porque por alguna razón siempre llaman al psiquiatra para esas cosas. No porque haga falta un psiquiatra, si no porque somos reemplazables en el caso que un humano del tamaño de un camión se enfade.

«Entré, tuve una conversación breve con el tío, decidí que no hacía ningún mal, y me fui. Cuando estaba afuera, el tipo tamaño establo me siguió. Tenía lágrimas en los ojos.

-¿Quién le hace esto a una niña pequeña, tío? -preguntó.

-Gilipollas desgraciados -dije, lo que reconozco que no fue muy profesional.

-Nadie debería hacerle daño a esta niña, no lo voy a permitir -dijo.

-Uh, tío, tenemos gente de seguridad y estás allanando una vivienda.

-Detenme -sonrió entre lágrimas.

Y ENTONCES fue cuando todo enloqueció.

La madre de la niña entró. Aún drogada. Con su novio raro chutado de esteroides. Armando un escándalo. Querían llevarse morfina para la niña (ya, claro), querían los 20 euros que la niña había cogido de su hucha, para ‘comprar comida’, y más.

Y entre el tío de los esteroides, la madre y la niña, se encontraba… todo un club de motoristas. Resulta que el señor Monte Everest era el capellán del club de motoristas. Y no es un título religioso pero podría serlo perfectamente. Es el tipo al que todo el mundo acude con sus problemas, y a cambio tiene el poder de ordenar cualquier tipo de favor.

El novio intentó un par de cosas para intimidar a la niña, como decirle que sabía lo que iba a pasar si le contaba a los enfermeros sobre su vida doméstica y que mejor que se mejorara pronto porque los platos estaban por lavar. Y en cada intento de intimidarla, dos de los moteros estaban al lado de la niña, manteniéndola a salvo, manteniendo a salvo al equipo de emergencias (incluyendo acompañar a los enfermeros a buscar medicaciones).

Y aquí es donde termina mi parte. Pero durante los próximos días la pequeña estuvo en el hospital y los moteros se quedaron con ella. El miembro del club que había sido apuñalado fue cosido en el hospital y volvió a casa ese mismo día, pero ellos se quedaron. Lo que fue problemático para el hospital, porque legalmente no podían estar ahí por no ser familiares directos y tal. Pero la madre tuvo suficiente mollera para no llamar a la policía, el hospital estaba dividido, y los enfermeros estaban encantados con esos osos de peluche desaliñados que venían con regalos y entraban caramelos a escondidas y contaban historias.

Conocí a uno de los moteros unas semanas después. Había sido golpeado «accidentalmente» con un bate de béisbol y necesitaba unas pruebas porque ese tipo de cosas causan unas hemorragias internas masivas. Me dijo que, cuando le estaban a punto de dar el alta a la niña, tuvieron una conversación con la madre y llegaron a una especie de ‘acuerdo’. Uno de los ‘hermanos’ [del club] era profesor y había estado visitando a la niña para ponerla al día con las cosas. Otro ‘hermano’ la llevaba a clase hasta que los que le hacían bullying entendieron que la niña estaba bien respaldada, y que un ‘representante’ [del club] tuvo una ‘buena charla’ con el profesor sobre permitir esos tipos de bullying.

No sé lo que le pasó a esa niña. Pero sé que, durante un segundo, mirando a los ojos de un hombre que probablemente no era el tipo de persona que esperarías que se preocupara, vi algo que me hizo sentir orgulloso de estar donde estaba. Que incluso él podía mostrar preocupación y amor por alguien que no conocía, y transformarse de un cabrón aterrador a un oso de peluche en segundos.

Ese día fue la cosa más asombrosa que he visto.»

 

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Fuente: Bored Panda