Hoy empezaremos hablándoos de Yakutsk, un poblado muy al noreste de la región rusa de Sakha. Esta pequeña ciudad es conocida por muchas cosas como por su… ehhh… mmmm… bueno, en realidad solo es conocida por una cosa (aunque no es cosa menor, como diría uno por ahí): por ser la ciudad capital más fría del mundo.

La ciudad tiene una población de aproximadamente 300.000 habitantes y durante el invierno las temperaturas promedian alrededor de -30 grados.

A pesar de este clima tan tremendamente hostil, sus habitantes distan bastante de ser personas frías y hurañas; todo lo contrario. Según muchos turistas, casi todos los habitantes son «lugareños amistosos y mundanos… y magníficamente vestidos».

¿Cómo lidian los lugareños con el frío extremo? Pues con el Russki chai, literalmente té ruso, que es su palabra para vodka… ¿qué os parece esto? Desayunándose un buen vaso de este brebaje… cualquiera aguanta esas temperaturas.

Amos Chapple, el fotógrafo profesional que ha tomado las fotografías que aquí os dejamos, se alojó en una pequeña casa de huéspedes en Yakutsk antes de entablar amistad con los lugareños y ser invitado a su casa: «Traté de cocinar para ellos como agradecimiento, pero es bastante difícil armar un plato de nachos en la Siberia profunda», explicaba Chapple.

Un fuerte comercio de diamantes ha proporcionado una «economía diversa y saludable» en Yakutsk, explicaba el fotógrafo.

Los efectos de la Guerra Fría se sienten menos en estas áreas, ya que los Yakuts étnicos son «mucho más externos que los rusos, y no llevan esa sensación de ‘orgullo herido’ tras el colapso de su imperio», contaba Chapple.



Yakutsk es la puerta de entrada a Oymyakon, ampliamente considerada como la ciudad habitada más fría del planeta. Se necesitan dos días para llegar allí, viajando por un tramo estéril y aislado de la carretera. En primer lugar, Chapple tuvo que hacer un recorrido hasta un punto intermedio en la carretera, donde estuvo varado durante dos días.

Debido a que los automóviles que conducen a temperaturas tan bajas deben mantenerse en funcionamiento en todo momento, las estaciones de servicio a lo largo de la ruta permanecen abiertas las 24 horas del día. «Los trabajadores en las gasolineras aisladas de la región trabajan de dos semanas en dos semanas», dijo Chapple.

Chapple estuvo varado durante dos días en una pequeña y aislada casa de huéspedes conocida como «Café Cuba», ubicada en el páramo helado a lo largo de la carretera. Sobrevivió con sopa de reno y té caliente mientras esperaba que otro automóvil lo recogiera y terminara el viaje.

«Comí sangre de caballo congelada y macarrones con su familia antes de ser transportado hasta Oymyakon». El monumento de la era comunista cerca de la entrada de la ciudad marca la temperatura récord de -71 grados, registrada en el pueblo en 1924. El letrero decía: «Oymyakon, el Polo del Frío».

Hoy en día, la ciudad tiene un promedio de -50 grados en los meses de invierno. En el lenguaje Even hablado en esa región de Siberia, Oymyakon significa «agua no congelada»… ¿no resulta irónico? Se cree que hace referencia a las fuentes termales de la ciudad que visitaban los pastores de renos.

En la ciudad, Chapple se sorprendió por los efectos inmediatos y extremos de las bajas temperaturas. «Recuerdo sentir que el frío me estaba sujetando físicamente las piernas. La otra sorpresa fue que ocasionalmente mi saliva se congelaba en agujas que me pinchaban los labios».

Usar una cámara fue igualmente difícil: «La niebla del aliento era tan espesa como el humo del cigarro y tuve que contener la respiración cuando tomaba una foto», explicaba Chapple. Enfocar la lente de la cámara se hizo laborioso también, ya que el frío empezó a perjudicar la mecánica de la misma.

El suelo completamente congelado en el área hace que sea imposible hacer pasar tuberías de agua a las casas del pueblo. En cambio, se deben usar dependencias. La carrera desde la casa hasta el baño afuera es tortuosa.

Enterrar a los muertos también se vuelve difícil en Oymyakon debido a la tierra congelada. Antes de enterrar a alguien, debe provocarse un incendio de varias horas para poder ablandar el suelo.

Chapple dice que esperaba que los aldeanos se emocionaran al conocer a los recién llegados. En cambio, le resultó difícil conocer gente. «Las únicas personas que estaban afuera corrían entre las casas con los guantes en la cara o borrachos y buscando problemas», concluía Chapple.



A vosotrxs, ¿qué os ha parecido esta pueblecito tan… temperado? Dejádnoslo en los comentarios de Facebook. 

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