Nuestro lenguaje verbal es tremendamente rico y complejo. Es, probablemente, la mejor herramienta de comunicación que tenemos y, en muchas ocasiones, es la que más descuidamos. Solemos hablar por hablar y no prestamos demasiada atención a lo que decimos. De hecho, el problema suele ser que hablamos mucho y no decimos nada… ¿de qué nos sirve entonces el lenguaje? ¿Puro entretenimiento vació para generar ruido de fondo?

Ahora, siendo menos catastrofistas, la verdad es que solemos utilizar la lengua de cualquier forma… y eso no siempre es malo, por lo que veremos a continuación. El idioma de Cervantes es bastante más útil en cualquiera de sus facetas a pesar de lo que se pueda creer… ¿sabéis de qué estamos hablando? Porque nosotros no, así que vamos directamente al grano, joder.

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Y es que a eso, precisamente, nos referimos: a los insultos. ‘Mierdaseca’, ‘Bocachancla’, ‘Abrazafarolas’, ‘Chupacables’, ‘Cuerpoescombro’, ‘Malpario’, ‘Gonorrea’, ‘Mamón’ o ‘Pantuflo’ son solo algunos ejemplos de ello.

Forman parte de nuestro día a día y sería complicado entender la comunicación que mantenemos con el resto de seres humanos sin la utilización de estas ‘argucias’ verbales cuyos objetivos pueden ser muy diversos.

Menospreciados a más no poder y, presuntamente, síntoma de una educación más que cuestionable, los insultos, al contrario de lo que se ha creído hasta ahora, podrían ocultar detrás algo completamente impredecible. Un reciente estudio ha revelado lo siguiente: las personas que dicen insultos son más honestas.

El estudio llamado Frankly, we do give a damn: The relationship between profanity and honesty («Francamente, nosotros maldecimos: La relación entre la blasfemia y la honestidad», en castellano) nos ha abierto los ojos como no lo había hecho otro estudio hasta ahora.

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Los investigadores llegaron a la conclusión de que, en la mayoría de las ocasiones, los insultos se utilizan para expresar sentimientos que sentimos genuinos, auténticos. Cuando insultamos, lo hacemos para expresar un sentimiento que nos sale de dentro y, por lo tanto, guste más o guste menos, lo que decimos es honesto.

Para el estudio, se contó con la participación de 276 participantes, a los cuales se les tuvieron en cuenta tres factores: cuánto, cómo y dónde proferían sus palabras malsonantes. El siguiente paso fue realizar un análisis lingüístico en 73.789 usuarios de Facebook y, finalmente, analizaron los índices de ‘malhablantes’ y honestidad en 50 estados de los Estados Unidos.

¿El resultado? se relacionaba de forma directamente positiva el insultar de forma habitual con el ser una persona honesta. Las personas ‘malsonantes’ solían expresarse con mayor sinceridad que las que no lo hacían.

Una de las cosas que también pudo comprobarse fue que, a pesar de que pueda parecer lo contrario, las personas que más insultan no son ‘excluidas’ socialmente ni se les aparta como parias; todo lo contrario.

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Las personas que tenían ‘la boca más sucia’ más se integraban ya que, los de su alrededor, percibían que eran más sinceras, abiertas y expresaban sus emociones sin filtro. También se comprobó que, muchas de estas personas, suelen ‘jurar’ a la hora de decir  la verdad… por lo que si juran, puede ser una buena señal.

Así que, a partir de ahora, lo mejor será que os empecéis a ‘cagar en todo’ y que profiráis ‘maldiciones’ a diestro y siniestro. Si os dicen algo, siempre podéis alegar que, simplemente, estáis siendo sincerxs.

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A vosotrxs, ¿qué os ha parecido este estudio? ¿Empezaréis a ver los insultos de forma diferente a partir de ahora? Dejádnoslo en los comentarios de Facebook. 

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