La vida es un lugar que, en muchas ocasiones, no parece estar hecho para los vivos. Debemos enfrentarnos, en nuestro día a día, a una gran cantidad de inclemencias que, si no nos matan, por suerte, nos hacen más fuertes. Trabajo, poca vida social, hijos, discusiones con nuestra pareja… hay jornadas que se empeñan en no darnos un respiro.

Por eso mismo, es tremendamente importante saber distraerse y encontrar un punto de escape a todo este estrés. Uno de los mejores recursos que tenemos para ello es la televisión. Esa pequeña pantalla que, con sus programas y series, nos transporta a un mundo en el que poco importan los problemas.

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First Dates viene a ser una de estas burbujas de oxígeno existencial que consiguen sacarnos de la rutina para ofrecernos un rato de lo más ameno y divertido. Este programa nos ha regalado algunos de los mejores momentos de la televisión y, de forma casi diaria, consigue presentarnos alguna cita que, por un motivo u otro, despunta de forma notable.

Hoy, como no podía ser de otra forma, os traemos una nueva ‘entrega de locura’ que el programa, en su infinita generosidad, nos ha regalado. Se trata de una cena en la que se dieron cita dos ‘veteranos’ de la vida.

Ella, Soledad, tenía 73 años y, según sus propias palabras, «nunca había tenido pareja», por lo que pensaba que First Dates sería el lugar perfecto para dar un giro a su vida. Él, Pedro, de 75 años, tenía muchísima ilusión de conocerla ya que, eso de estar solo, «no lo llevaba nada bien».

La cosa, desde un principio, se puso más tensa ‘que cagar sin pestillo’. La cena podría describirse como una ‘situación insostenible’ en la que ella demostró ser una persona tremendamente grosera y maleducada.

Pedro no paraba de hacerle preguntas en referencia a su vida, aspiraciones etc, pero ella tenía muy claro que solo quería una cosa: comer. Ella había ido a cenar y nadie se lo iba a sacar de la cabeza.





Él le habrá hecho, como poco, cincuenta preguntas diferentes, la mayoría de las cuales ella no se dignó ni a mirarlo. Tenía la vista clavada en su plato y se limitaba a contestar con monosílabos que, en muchas ocasiones, se limitaban a sonidos guturales incompresibles.

En un momento determinado, él le dice «que le gusta mucho y que le parece una mujer estupenda y que le encanta». Él es realmente encantador y se comporta en todo momento con educación.

Pero ella… tela. Cuando él le pregunta «¿qué te parezco yo?», ella se limita a decirle, de forma bastante cortante, «déjame que coma»…. en fin. Él ya se empieza a dar cuenta de que ella no está muy por la labor.

Ella, en las entrevistas que les hacen por separado, afirmaba que ella, cuando cenaba, se limitaba a cenar, pero que fuera hablaba mucho. No sabemos si creerle, pero la cosa es que, como no podía ser de otra forma, él ya estaba molesto al final de la cena.

Soledad tenía un solo objetivo ese día: rebañar el plato todo lo posible y, si se podía comer los cubiertos, mejor que mejor. Llegó incluso a pedirle más pan a Carlos Sobera cuando este se acercó para intentar animar un poco un ambiente que, a todas luces, estaba muerto y enterrado.

Pedro lo tenía muy claro: “Soledad ha venido solamente a comer, a ver el restaurante y por viajar en tren de Barcelona a aquí, pero no creo que tenga la intención de arreglarse con nadie”.

Al final, evidentemente, ella le dijo que no quería una segunda cita y él le espetó que, para la próxima, hablase más, ya que en eso se basaban las relaciones de pareja. Ella, por su parte, se limitó a felicitar al chef porque todo estaba «muy rico».

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