Pesadilla en la cocina es un programa que engancha por el tipo de formato que tiene. Con él nos pasa algo parecido que lo que sucedía con Supernanny o Hermano Mayor, nos encanta que saquen los trapos sucios de cada casa para terminar luego con un final tierno y lleno de emoción, pero a diferencia de estos últimos, no trata un tema tan serio como la maternidad y paternidad, sino que básicamente, se limita a enseñarnos negocios que no funcionan y cocinas con una tasa de grasa que haría llorar a más de un entrenador personal.

En las distintas temporadas que lleva Alberto Chicote ha visto de todo: freidoras que asustarían al mismísimo Satanás; camareros que beben más que muchos de los clientes; cocineros capaces de envenenar a quién sea y restaurantes que parecen un taller de coches (con todo el respeto del mundo a los mecánicos).

Pero aunque ha habido algunos casos contados de violencia, nos cuesta recordar un enfado y unos momentos más tensos que los que se han vivido recientemente en el programa. De hecho, cualquier persona que no conozca al famoso chef y este formato televisivo (pocos son los que no saben qué es Pesadilla en la cocina) pensaría que está viendo un combate de lucha libre al más puro estilo WWE: Smackdown.

El incidente se produjo en un restaurante de Almería llamado Generación del 27. Obviamente, el sitio no era ni peor ni mejor que muchos de los que han pasado por el programa y combinaba muchas dolencias que afectan a muchos establecimientos que recurren a la ayuda del programa: mala gestión, personal maleducado, comida de calidad dudosa, etc.

Pero había algo en el ambiente que hacía intuir lo peor. Las broncas eran especialmente agresivas y las faltas de respeto no parecían fruto del estrés, sino que eran algo nacido de la ira y de la pura “mala hostia”. El propio Chicote llegó hasta el punto de querer abandonar el negocio a su suerte (aunque esta es una finta que ya ha hecho más de una vez, en esta ocasión parecía que iba en serio).

Así que salió escopeteado por la puerta y se dirigió con voz firme a cámara en lo que se ha convertido en su plano/momento estrella.

“Puedo soportar que no me hagan caso, puedo soportar que pasen de todo, puedo soportar que estén dispuestos a hundir el negocio, pero lo que no estoy dispuesto a soportar es que se rían del trabajo mío y de todo el equipo en la jeta dos días seguidos”.



Justamente mientras Alberto Chicote se encontraba fuera del local, fue cuando sucedió algo que nadie del equipo de Pesadilla en la cocina se esperaba (y eso que han vivido anécdotas de todo tipo).

Estefanía, la cocinera del restaurante, cogió una silla y, ni corta ni perezosa, la estampó en repetidas ocasiones contra una vidriera que había dentro del establecimiento hasta romperla en mil pedazos. Lo único que Estefanía supo decir para justificarse fue: “Cuando Chicote se ha ido me puse nerviosa… ya no respondo”.

Situaciones así van claramente más allá de lo que Chicote debería tratar con los establecimientos que visita ya que, por lo menos en este caso, parece ser que sería más necesaria una psicóloga/o que una cocinera/a.

A continuación, os dejamos el vídeo para que veáis el momento en que Estefanía pierde los nervios.

¿Qué os ha parecido la reacción de la cocinera? ¿En algún momento habéis querido hacer algo así en vuestro puesto de trabajo? Explicádnoslo en los comentarios de Facebook e Instagram.

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Fuentes: huffingtonpost, lavanguardia