Vivimos en una sociedad en la que, si nuestro físico no se adapta de forma estricta a los cánones de belleza establecidos, entramos en pánico y nos sentimos completamente aislados e inadaptados. Cualquier pequeña imperfección es mirada con lupa y juzgada sin piedad. ¿Realmente es para tanto? ¿Tener las cejas más o menos pobladas es motivo de preocupación? Cuando leáis nuestra historia de hoy, comprobaréis que hay personas que sí tienen problemas de verdad.

La protagonista de esta historia nos ha demostrado una cosa: por muy nublado que esté el día, siempre es posible atisbar un rayo de sol, por pequeño que sea. Se trata de una madre que, después de mucho sufrimiento, ahora puede volver a reír y a estar orgullosa de su belleza tras haberse pasado ocho años con un tumor gigante en la cara que, al fin, le han extirpado.

Su nombre es Yaya y, a sus 27 años, podría decirse que ha vuelto a nacer. El gran tumor que le había crecido en la parte inferior apenas le permitía comer o hablar, ya que apenas tenía movilidad en la boca.

Para ser exactos, el tumor crecía en la parte baja de su mentón y se extendía por los lados de la parte inferior de su cara, causándole un aspecto que a ella, personalmente, le impedía salir de su casa debido a la gran vergüenza que sentía.

Le costaba muchísimo mostrarse en público con ese aspecto y, cada vez que tenía que salir a la calle, se colocaba una gran bufanda que le cubría todo el rostro… aunque ello no evitaba que algunos desalmados se burlasen de ella.

No fue hasta que unos cirujanos misioneros la conocieron mientras se encontraban en Camerún, África, y prepararon todo para realizar la intervención que le cambiaría la vida de una vez por todas.

Después de extirparle el inmenso tumor que tanta infelicidad le había provocado, los doctores le preguntaron cómo se sentía, a lo que ella solo pudo responder una cosa: «Me siento hermosa y feliz«.



Yaya, que fue operada por unos cirujanos de la ONG Mercy Ships, añadía: «Desde la cirugía, me siento completamente liberada. Ahora, es más fácil hacer cualquier cosa. Me siento libre de moverme y de ir a cualquier sitio. Ya no provoco reacciones desagradables en las personas que me ven por la calle».

Cuando le preguntan por cómo empezó todo, ella afirma que, ocho años atrás, un pequeño quiste le surgió en la parte inferior de su mandíbula. No se preocupó en un principio, pero lo que se avecinaba era lo peor. El quiste fue creciendo cada vez más, convirtiéndose en un inmenso tumor que, durante años, le amargó la vida.

Ella, dada la precaria situación en la que vivía, no podía costearse ningún doctor que le realizase la intervención. Pero todo cambió cuando conoció a los doctores del gran barco-hospital que le cambiarían la vida.

Tras la intervención,pasó un tiempo en el barco donde hacía de traductora de otros pacientes que ahí estaban siendo atendidos. Cuando estuvo completamente recuperada, volvió a su casa, donde su hija Moonira, de nueve años, la esperaba.

Los tumores pueden ser malignos o benignos. A diferencia de los primeros, los segundos crecen de forma mucho más pausada y lenta. A pesar de no ser mortales de entrada, si crecen demasiado, pueden causar problemas como los de nuestra protagonista de hoy (e, incluso, cosas peores). Las células tumorales crecen y se dividen sin parar y, si no fuese por estos cirujanos, probablemente Yaya habría tenido un futuro bastante menos alentador.

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Fuentes: Dailymail, Eveningtimes.