A menudo, en el cine consiguen que disfrutemos de un buen atraco o una buena estafa. Un grupo de personas con poca suerte en la vida deciden ir a por el típico magnate y robarle todo su dinero. En esos casos, nos ponemos de parte del desfavorecido, sobre todo si tiene cierto estilo, e incluso llegamos a ver ese engaño como algo justo. Pero esta no es una de esas historias.

Porque cuando las personas afectadas son gente normal y corriente que intenta pagar sus abultadas facturas con sus recortados sueldos, la cosa cambia. Y aún más si la persona que sale beneficiada es una cría malcriada con ganas de cerrar bares cada día de la semana a base de vodka.




Hanna Dickenson es una joven australiana de diecinueve años que explicó a su familia y amigos que había sido diagnosticada con un cáncer terminal. Obviamente, todas las personas que la conocían quedaron devastadas, así que, cuando les pidió ayuda para poder financiar un tratamiento en el extranjero para prolongar o, incluso, salvar su vida, todo el mundo se dispuso a aportar su granito de arena.




 

Todos se volcaron con Hanna donando dinero para ayudarla a superar su situación o para, al menos, contribuir a su causa. En total reunieron unos 42.000 dólares, es decir, unos 35.000 euros destinados a costear su tratamiento.

Sus padres estaban destrozados, sus vecinos afectados y todas las personas que la conocían se sintieron apeladas por el duro momento que le tocaba sufrir a la joven.

Pero la realidad es que la australiana no tenía ni un simple resfriado. De hecho, se trataba de una trama completamente preparada y estudiada para poder pagar su estilo de vida basado en fiestas, desfase y despreocupación.




Lo más curioso es que, una vez conseguido el dinero, Hanna no dejó de salir y publicar sus escapadas en sus redes sociales, lo cual fue, precisamente, lo que terminó haciendo que su estafa fuese destapada.

Una de las personas que le habían donado dinero vio imágenes suyas bebiendo, bailando y disfrutando de extravagantes y costosas vacaciones. En ese momento empezó a sospechar si la chica estaba mintiendo sobre su enfermedad, sobre todo al ser una dolencia tan grave como es un cáncer terminal en una persona tan joven.

“Comencé a investigarlo, a hacer mis deberes”, dijo Nathan Cue, el vecino de Hannah que había donado nada más y nada menos que 18.000 euros para salvarla. “Simplemente le dediqué algo de tiempo a analizar la situación y la verdad es que no había duda, habíamos sido estafados. Fue entonces cuando pasé el tema a manos de la policía”.

Actualmente, Hanna se enfrenta, en las cortes de Melbourne, a siete acusaciones de estafa y obtención de propiedades mediante el engaño. Por ello se la ha condenado a tres meses de prisión y 150 horas de servicio comunitario, además, se le obliga a recibir tratamiento (paradójicamente, al final había algo de verdad en sus mentira) para resolver sus problemas mentales y sus adicciones.

El propio magistrado, David, Starvaggi, describió las acciones de la joven como “despreciables”. Según él, la conducta que había mostrado iba en contra de la propia naturaleza humana.





“El deseo popular de ayudar al prójimo y la voluntad de confiar en la sociedad han sido mermadas con esta estafa. El engaño siempre es algo malo, pero especialmente si se hace sobre personas que trabajan duro para poder vivir humildemente”.

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Fuentes: Cosmopolitan, viralthread